Dos horas de tráfico, un delantal rojo y mucho amor

La Casita Foundation: «Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo» (Eduardo Galeano)

Todos los miércoles, desde hace ya cinco años, hago lo mismo. Cojo el coche, llego a La Casita Foundation, me pongo el delantal rojo y me convierto, durante un par de horas, en la voluntaria y «Teacher» más ilusionada del mundo.

Empecé nada más llegar a Miami, cuando todavía estaba aprendiendo dónde quedaba todo en esta ciudad. Cinco años después, sigo yendo con el mismo entusiasmo e ilusión del primer día, algo de lo que me siento muy orgullosa, porque la ilusión, si no se cuida, se acaba gastando.

Ahora bien, no os voy a engañar. Entre ida y vuelta, cada miércoles me quita (o me regala, según se mire) casi dos horas de tráfico de Miami. Con los años he aprendido a verlo como mi rato de desarrollo personal sobre ruedas. Desarrollo la paciencia (mucha), desarrollo la imaginación (más de una clase y algún que otro post se me ha ocurrido en un semáforo), desarrollo mis dotes comunicativas con unas cuantas llamadas y sigo aprendiendo con mis podcasts favoritos.

Total, que hasta al atasco le he acabado sacando partido.

El taller de nutrición con el que empecé se fue quedando pequeño y se transformó en lo que hoy es «Descubre tu Mejor Versión».

Graduación de las alumnas del taller «Descubre tu Mejor Versión» en La Casita Foundation con sus certificados

En este taller ya no hablamos solo de comer bien, sino de bienestar integral. Hablamos de cómo aprender a quererse y cuidarse una misma primero para poder cuidar a los demás después. Cuando ellas aprenden a cuidarse y deciden ser su prioridad, no solo transforman sus vidas, sino que cambian la vida de todos los que las rodean.

A las alumnas las llamamos, con todo el cariño del mundo, nuestras princesas. Y lo digo en serio cuando afirmo que preparo cada clase como si fuera a dar una charla en Harvard o una formación a los directivos de una empresa. No porque las princesas necesiten que las traten como algo que no son, sino precisamente porque son exactamente eso. Mujeres que merecen que alguien se siente la noche anterior a repasar el material y a asegurarse de que lo que van a recibir tiene rigor, y no solo buena intención.

Esa es mi forma de devolver lo poco o lo mucho que he tenido la suerte de poder estudiar, y lo que sigo estudiando, porque esto no se acaba nunca, poniéndolo al servicio de quien no ha tenido las mismas oportunidades que yo.

Y aquí viene la parte que llevo tiempo queriendo compartir. La Casita funciona, y funciona bien, porque detrás hay una gestión del voluntariado que en nada tiene que envidiar a la de cualquier empresa.

Hay un equipo que trabaja con la disciplina de un departamento bien llevado, con su exigencia de puntualidad y su plan de trabajo preparado, que en La Casita no es un trámite, sino una forma de respeto. Hay una estructura clara, sesiones que se organizan de febrero a mayo y de septiembre a diciembre, y un compromiso que se asume por sesión completa, porque la continuidad es lo que sostiene a las princesas.

Y, sobre todo, hay un propósito común tan bien definido que cualquier consultora de estrategia lo firmaría sin cambiarle una coma. Exaltar la dignidad de la mujer a través de tres pilares: trabajo, formación y familia.

Y por si alguien piensa que exagero con lo de la empresa, ahí van los números. El año pasado pasaron por La Casita 350 mujeres y 100 niños, servimos cerca de 3.000 almuerzos y sumamos 780 horas de talleres de capacitación, más otras 3.240 de tutorías online, todo ello sostenido por 30 voluntarias y muy poquito presupuesto.

Al frente está Bertha Downing, la fundadora y alma máter de La Casita. Ella ejerce un liderazgo que cualquier manual de management debería estudiar. Trabajadora incansable, cuida cada detalle con tanto amor que nuestro comedor parece el Palacio de Buckingham. No os exagero cuando digo que preparamos las mesas de nuestras princesas con casi tanto boato como las de los propios príncipes de Gales (pero con mucho más amor).

El comedor de La Casita Foundation preparado para la celebración de Acción de Gracias con las princesas

Bertha no dirige La Casita sola. La acompañan Mercedes y Cristina, dos mujeres que ya quisieran muchas empresas tener al frente de sus equipos. Mercedes gestiona las compras con una habilidad que roza lo milagroso. A veces no sé cómo lo hace, pero cada semana consigue el almuerzo para 70 u 80 mujeres, y encima con una sonrisa y una humildad impresionantes. Y Cristina lleva los Recursos Humanos de toda la operación, veinte voluntarias y ochenta o noventa princesas cada día, con una eficacia que ya quisiera para sí más de un director de RR. HH.

Voluntarias de La Casita Foundation con sus delantales rojos: entrega de certificados y preparación del almuerzo

Y ya que estamos presumiendo del equipo, los currículums de nuestras voluntarias los ficharía más de una cazatalentos sin pestañear. Que seamos voluntarias no significa que no seamos unas magníficas profesionales, modestia aparte. La mayoría de nosotras no damos el tiempo que nos sobra, sino el tiempo que nos falta, que es un matiz muy importante.

De hecho, cada vez estoy más convencida de que alguien debería escribir ya el caso de estudio de buen management de La Casita, con permiso de Harvard, por supuesto.

Mujeres acompañando a mujeres. Ese es, para mí, el secreto. Un equipo que cuida a las personas por encima de todas las cosas, con un propósito compartido y un nivel de exigencia digno de cualquier compañía, sin perder ni un ápice de calidez.

Como decía la Madre Teresa de Calcuta, «no siempre podemos hacer grandes cosas, pero sí podemos hacer cosas pequeñas con gran amor». En La Casita, os lo puedo asegurar, aplicamos esto a diario y lo hemos convertido casi en modelo de gestión.

Y sí, hay que decirlo, porque es verdad. Tampoco nos falta nuestra ayudita divina, que la Virgen siempre acaba sacándonos de más de un apuro justo a tiempo. En La Casita se reza y se gestiona con la misma naturalidad.

Y ya que estoy, quiero aprovechar este post para dar las gracias a todas mis compañeras voluntarias, las de mi taller y las de todos los demás, por ponerse cada semana ese delantal rojo y entregar, con una generosidad inmensa, sus conocimientos. Pero, sobre todo, por entregar su tiempo, que para mí es nuestro bien más preciado, y su amor, que no se enseña en ningún máster y, sin embargo, es lo que de verdad transforma vidas ahí dentro.

Así que sí, llevo cinco años de miércoles yendo a enseñar, con tráfico incluido. Pero, como suele pasar con estas cosas, aunque mis princesas crean que son ellas las que aprenden en cada sesión, la que sale de allí cada semana con más lecciones aprendidas soy yo.

Si queréis conocer más de este proyecto maravilloso que transforma vidas, os dejo su Instagram, @lacasitafoundation, y su web: www.lacasitafoundation.org

María José Peña Vélez

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