El ingrediente secreto

Lo confieso. Tengo un ingrediente secreto.
Y como no me gusta tener a nadie en vilo, os hago spoiler ya. Mi ingrediente secreto es el amor.
Ya sé, ya sé lo que estaréis pensando. Pero concededme por favor dos minutos antes de pasar al siguiente post.
Desde hace 12 años, los que llevo fuera de España, llamo a mi madre todos los días. A veces, hasta dos al día. Y últimamente con más razón, porque no ve muy bien, sale menos y pasa mucho más tiempo sin hablar con nadie.
Lo de «hablar» con ella es un decir, porque casi siempre es más bien un monólogo. Mi madre sería perfecta para una charla TED. Si le preguntas «¿cómo estás hoy, mamá?», te contesta durante quince minutos con un desarrollo, al detalle, de lo que ha comido, con receta incluida, lo que ha oído en la tablet y lo que han cocinado en su programa favorito. Todo ello sin guion, sin apuntes y con el volumen de la tele a tope.
Yo me limito a decir «ajá» o «sí, sí… claro» en los momentos clave.
El año que viene cumple 90. Así que cada monólogo es su gimnasio de agilidad mental y verbal. Y mis hermanas, y sobre todo mis hijos y yo, que estamos fuera, encantados de ser su público más fiel.
En la llamada de hoy me recordaba cómo, de pequeñas (hace casi 50 años, ahí es nada), nos llevaba a una especie de huerta que había a las afueras de Córdoba. Allí recogíamos las verduras directas de la tierra y comprábamos huevos recién puestos. Nos hemos reído un buen rato acordándonos de aquellas lechugas que crujían de verdad y de cómo mi madre le pedía siempre al señor hortelano que le diera “sus huevos más gordos”.
Al colgar me quedé pensando. Siempre digo que me gusta la cocina saludable, y hoy he entendido de dónde me viene. Mi madre nos enseñó mucho más de lo que creemos sobre comer bien. Elegir productos frescos, comida de verdad, sentarse todos juntos a la mesa. Y todo, siempre, siempre, con un ingrediente que no se vende en ningún mercado. Ni en el ecológico, ni en el gourmet, ni con envío en 24 horas de Amazon.
¿Y qué tiene esto que ver con el liderazgo?
Aquí es donde intuyo que alguno ya está levantando la ceja. Porque «liderar con amor» les suena cursi. Blando. A “buenismo”, a taza con frase motivadora. A jefe que no se atreve a decir que no.
Yo no lo veo así. En una cocina de verdad, el amor es madrugar para ir a por el mejor producto, decir «esto no» cuando no está bueno o cuando no toca y no dejar que nadie se levante de la mesa sin haber comido bien. Y sin haber tenido una agradable sobremesa, sin móvil de por medio.
De blando, nada.
Liderar con amor es querer de verdad que a tu equipo le vaya bien, aunque eso suponga una conversación incómoda. Es cuidar el producto (las personas) antes que el emplatado (los cargos, los despachos y la foto para LinkedIn). Y es una llamada a tiempo, sobre todo cuando no hay nada urgente que contar, o que pedir.
Los que me seguís, seguramente os sonará mi fórmula del Sérum del liderazgo.
Pues hoy paso de la cosmética a la cocina y al aprendizaje que sacamos de ella. Y os comparto una receta, aprendida de mi madre, que ya quisieran para sí las mejores escuelas de negocios del mundo.
El ingrediente secreto. Fabricación, conservación y uso diario
Fabricación (no se compra, se elabora):
- Escucha fresca, de temporada: la escucha recalentada de «sí, sí, luego lo vemos» no alimenta.
- Tiempo a fuego lento: la confianza no se hace al microondas ni en un onboarding pasado por agua.
- Una pizca de exigencia: sin ella el plato queda soso. El amor que no exige es solo complacencia.
- Interés de verdad: probar el guiso y ajustar la sazón. Preguntar «¿cómo estás?», escuchar la respuesta y hacer algo con lo que te cuentan.
- Humor al gusto: como el buen aceite de oliva cordobés, mejora cualquier plato.
Conservación:
- No admite congelador: se estropea si solo lo sacas para la cena de Navidad de la empresa.
- Mantener lejos del ego y de las prisas: que lo cortan como a una mayonesa.
- Renovar a diario: como las llamadas a una madre. Lo que lo mantiene vivo es la constancia, no la ocasión especial.
Modo de empleo:
En cada comida, no solo en las de celebración, en la reunión del lunes, en el feedback, en la mala noticia y también en la despedida.
Se nota en el resultado, no en la presentación. Un equipo que quiere volver a sentarse a tu mesa.
Advertencia: no tiene sustituto industrial. La fruta en la oficina, el gimnasio y el futbolín y los lemas en la pared ayudan, pero sin el ingrediente secreto son como las lechugas de ahora, muy bien envasadas y sin sabor.
Mi madre nunca pisó una escuela de negocios, pero lleva casi 70 años dando esta asignatura. Mañana, a la misma hora, vuelvo a clase.
¿Y a ti? ¿Quién te enseñó a cocinar con este ingrediente?
María José Peña Vélez

Eres lo maximo amiga!!
Que suerte tengo de tenerte en mi vida
La suerte es mutua, querida mía. Ahora a florecer juntas