Liderazgo sin apellidos (o casi)
¿Y si dejamos de ponerle apellidos al liderazgo?

Lo confieso.
Últimamente me pasa una cosa curiosa. Tengo un problema con el liderazgo. No con liderar, sino con sus apellidos.
Cada vez que leo un artículo, escucho una conferencia o descubro un libro nuevo sobre liderazgo, aparece un apellido nuevo. Transformacional, transaccional, situacional, emergente, auténtico, visionario, adaptativo, compartido, distribuido, redárquico, consciente, servicial… A estas alturas, ya tiene más que los protagonistas de Ocho apellidos vascos.
Y yo, que sabéis que soy muy curiosa y una eterna aprendiz, voy leyendo sobre unos y otros, intentando descubrir cuál se parece más a mí.
Leo sobre el liderazgo transformacional y pienso: «Este me gusta. Me identifico». Después aparece el auténtico y digo: «¡Anda, pues este también!». Descubro el compartido: «Claro, si es que no se puede hacer todo sola». Y cuando llego al visionario, ya empiezo a dudar. Porque hay días en los que tengo una visión clarísima de hacia dónde quiero ir, y otros en los que bastante tengo con encontrar las gafas que llevo puestas en la cabeza.
Total, que a estas alturas no sé si tengo un estilo de liderazgo o una colección de apellidos.
¿De verdad importa tanto el apellido?
Cada vez que ponemos un apellido, estamos poniendo también una etiqueta.
Y las etiquetas, aunque a veces nos ayudan a entender las cosas, otras veces nos limitan. Parece que, una vez que te defines como un tipo de líder, tienes que comportarte siempre según el manual correspondiente.
Pero ¿qué pasa si un día necesitas ser firme y al siguiente escuchar en silencio? ¿Si unas veces tienes que tomar decisiones difíciles y otras dejar que las tome tu equipo? ¿Si eres capaz de tener una visión estratégica y, a la vez, emocionarte cuando alguien te cuenta que está pasando un mal momento?
¿En qué casilla te metes? ¿O hay que cambiarse de apellido según el día de la semana?
El liderazgo que no sale en la foto
Y entonces me acuerdo de un liderazgo del que se habla bastante menos. El liderazgo invisible. Ya os hablé de él cuando me definí como Home Manager y cuando escribí sobre el papel de las mujeres acompañantes en los procesos de expatriación. Reconozco que tiene su contradicción, porque aquí estoy yo, intentando hacerlo visible.
Para mí, el liderazgo invisible es el que sabe dar un paso atrás para que otro pueda dar uno adelante.
El que escucha más de lo que habla y pregunta antes de responder.
El que descubre el talento de alguien antes incluso de que esa persona sepa que lo tiene.
Y el que se alegra sinceramente cuando alguien de su equipo brilla, aunque su nombre no aparezca en los agradecimientos.
Muchas veces no se ve quién lo ejerce, pero se nota muchísimo lo que consigue.
Y no, tampoco quiero idealizarlo. Liderar no es solo escuchar, acompañar y repartir sonrisas. A veces hay que decir que no (esto es lo que más me cuesta), tener conversaciones difíciles, exigir resultados y dar la cara.
Pero nada de eso está reñido con hacerlo desde el respeto y la humanidad.
Vulnerable no es lo mismo que débil
También escribí sobre liderazgo y vulnerabilidad, y sigo dándole vueltas. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que una persona que lidera pueda decir «me he equivocado», «me preocupa» o «no lo sé»? Como si el cargo viniera con una armadura que impidiera sentir, dudar o equivocarse.
Pues vaya agotamiento, ¿no?
Yo he dirigido una empresa (la mía propia) durante muchos años. He acertado, me he equivocado, he tenido miedo y he pedido ayuda. Y he aprendido que reconocerlo no me hacía menos capaz de liderar. Me recordaba que, antes que cualquier cargo de una tarjeta de visita, soy una persona.
Y sí, prefiero ser amable
Voy a reivindicar una palabra con poco prestigio en algunos manuales. La amabilidad. Esa que confundimos con ser blanda, ingenua o incapaz de poner límites. ¿Por qué seguimos confundiendo autoridad con dureza?
Yo prefiero ser amable. Escuchar antes de juzgar. Preguntar antes de suponer. Corregir sin humillar. Exigir sin despreciar. Y agradecer, que además de ser gratis, a veces se nos olvida.
Ser amable no es decir que sí a todo. Se puede ser firme sin ser duro, exigente sin ser desagradable y tener autoridad sin imponer miedo.
La amabilidad, bien entendida, aporta algo que no sale en los indicadores de resultados: confianza. Y la confianza se nota muchísimo cuando existe. Y todavía más cuando falta.
Menos apellidos y más autoconocimiento
Cuanto más leo, más convencida estoy de que deberíamos dedicar menos tiempo a elegir apellido y más a conocernos. Para mí, se resume en cuatro cosas:
- Saber quién eres. Tus valores innegociables y también tus limitaciones. Como dice Juan Carlos Cubeiro en su libro Autoliderazgo, «el liderazgo no se impone desde fuera: se cultiva desde dentro y se proyecta al mundo».
- Leer el momento. Habrá momentos para dirigir y momentos para acompañar; para hablar y para callar. Adaptarte no es traicionar tu esencia (y si no, que nos lo digan a las expatriadas acompañantes, que de eso sabemos un poquito).
- Hacer lo que dices. La coherencia es lo único que sustituye de verdad a cualquier etiqueta.
- Escuchar de verdad. Y llegar con buenas preguntas, no con todas las respuestas. Qué razón tiene mi querido Raúl Castro en su último libro, Preguntar. Dirigir haciendo preguntas: «Preguntar no significa dirigir menos, sino dirigir mejor».
Por eso, no me cabe la menor duda de que, cuanto mejor sabemos quiénes somos, menos necesitamos parecernos a ningún modelo.
Entonces, ¿con qué apellido me quedo?
No sé si lo mío es liderazgo invisible, auténtico, consciente, transformacional o una mezcla de todos. Y, a estas alturas, tampoco me preocupa demasiado.
Quiero seguir tomando decisiones sin perder la sensibilidad, exigiendo resultados sin olvidarme de las personas, reconociendo mis errores sin sentir que pierdo autoridad. Y, sobre todo, siendo amable, aunque no esté de moda.
Si eso tiene apellido, estupendo. Y si no lo tiene, mejor todavía.
Porque, después de tantos años y tantos apellidos, cada vez tengo más claro algo:no quiero ser una líder de manual. Quiero ser una persona que merezca la pena tener al lado.
Y si además consigo que otros crezcan y brillen, aunque yo apenas aparezca en la foto, me daré por satisfecha.
María José Peña Vélez
